La dignidad nacionalista que representa el pensamiento juarista resulta útil para una clase política desacreditada.

Juárez a modo

La dignidad nacionalista que representa el pensamiento juarista resulta útil para una clase política desacreditada.

EDUARDO BAUTISTA @ElFinanciero_Mx

21/03/2018

 

En tiempos preelectorales, no hay figura más a mano para los políticos mexicanos que la de Benito Juárez: de origen humilde, constructor de la República y emblema de la soberanía nacional, el Benemérito de las Américas se ha convertido en un pretexto para legitimar lo ilegítimo.

Expertos consultados por El Financiero consideran que las ideas del liberal oaxaqueño son ajenas a la clase política mexicana que hoy gobierna el país, pese al intento de algunos candidatos presidenciales de enarbolarlas para exaltar los valores nacionalistas.

Cuando Donald Trump ha puesto en jaque la soberanía de México con sus amenazas de construir un muro fronterizo y su intención de renovar el TLCAN, resulta muy conveniente abrazar las ideas de Juárez, asegura el abogado constitucionalista de la Universidad Panamericana, Rafael Estrada Michel.

“Lo que observo en Andrés Manuel López Obrador es un uso nacionalista del discurso juarista, muy propio de las celebraciones que se llevaron a cabo en 1972, cuando Echeverría conmemoró el primer centenario luctuoso de Benito Juárez. Obrador hoy propone una revocación de mandato cada dos años, algo muy similar a lo que hicieron los gobiernos bolivarianos en Sudamérica”, explica.

Sin embargo, aclara Estrada Michel, Juárez jamás habría tolerado una consulta popular, pues no pensaba en términos comunitarios como AMLO. “Su filiación es más al símbolo que al personaje de carne y hueso”.

El problema de la historia de este país —apunta Jorge Ibargüengoitia en Instrucciones para vivir en México— es que quienes la han confeccionado nunca les interesó tanto presentar el pasado, sino justificar los intereses del presente.

“El uso político de Juárez comenzó desde el gobierno de Porfirio Díaz, quien quiso reivindicarse por haber tratado de derrocarlo. Su intención fue congraciarse con todos los juaristas. Eso explica, entre otras cosas, por qué ordenó la construcción del Hemiciclo a Juárez”, afirma la historiadora y directora del INEHRM, Patricia Galeana.

“El calendario cívico no es otra cosa que la historia oficial. Y no debemos caer en la autodenigración de juzgarla. Cada quien puede tener a sus personajes predilectos, pero los intentos de AMLO de acercarse a la Iglesia Católica contradicen los aspectos del juarismo, una corriente que, ante todo, representó el Estado laico”, añade Galeana.

Quien también quiso colgarse de los valores juaristas fue el ex presidente Luis Echeverría. Ante la desacreditación que su gobierno contrajo por la Masacre Estudiantil de Tlatelolco en 1968 —cuando fue secretario de Gobernación—, sus informes presidenciales estuvieron colmados de referencias al originario de San Pablo Guelatao. Su administración convirtió a Juárez en una denominación de origen: dio nombre a minas, presas, congresos y edificios. Se conmemoró, también, su primer aniversario luctuoso. Todos los documentos oficiales de 1972 —actas de nacimiento, cartillas militares, pasaportes— fueron marcados con el sello del Año de Juárez.

Carlos Monsiváis recuerda aquel episodio en Benito Juárez: Informe sobre la conveniencia de una serie televisiva (2001): “¿Don Benito Juárez? Oigo el nombre y me siento víctima de una pesadilla recurrente. Con todo respeto, ¿qué más extraerle al personaje? El trajín de siglo y medio ya nos extenuó: en las ciudades grandes y medianas y en los pueblos de México, hay avenidas y calles con su nombre, a los espacios públicos los afligen sus bustos y esculturas, la Patria lo hospeda en su regazo en el Panteón de San Fernando, y en la Avenida Juárez se levanta el Hemiciclo a Juárez, donde la Patria de Juárez corona a Juárez, su hijo inmarcesible. Por si fuera poco, Luis Echeverría implanta el Año de Juárez, con el aluvión de libros, discursos, folletos, cantatas, ballets, obras de teatro, guardias fúnebres, ceremonias, la película consagratoria (Aquellos años, de Felipe Cazals, con guion de Carlos Fuentes), homenajes florales, un corto de dibujos animados y, lo más terrible, una colección de inmensas cabezas de piedra, como surgidas de las entrañas del fin del mundo, distribuidas en cerros y avenidas para el pavor ancestral de los automovilistas. Lo más espectacular de estos signos del apocalipsis godzilliano se encuentra a unos kilómetros de la capital, en el municipio llamado curiosamente Cabeza de Juárez”.

La dignidad que representa el juarismo resulta muy atractiva para una clase política desacreditada y con ganas de atraer votantes el próximo 1 de julio, asegura el académico del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Óscar Cruz Barney. El peligro, advierte, reside en utilizar a los próceres por oportunismo político, para ganar adeptos. “Pero eso se ha hecho en México desde el siglo XIX para explicar las decisiones del presente; una tradición que no observamos en otros países. Yo no veo en los políticos estadounidenses ensalzando a Washington o a los españoles al General Prim”.

Enrique Krauze atribuye esta “mitificación” a la falta de biógrafos sobre la vida de Juárez. Pero, ¿por qué existen tan pocas biografías de largo aliento sobre el político oaxaqueño? El historiador asegura —en un artículo publicado en Reforma— que la respuesta estriba en la misma figura de Juárez: de tan grande, de tan pétrea, de tan omnipresente, abruma, aleja, desalienta.

Generalmente, refiere Estrada Michel, los héroes de México son los grandes derrotados: Hidalgo, Morelos, Villa o Zapata. El caso de Juárez es distinto. “Sus aires triunfales, su origen humilde y su simbolismo de la probidad republicana lo convirtieron en el elemento perfecto para darle legitimidad al régimen revolucionario y pos revolucionario: el PRI. Aunque en la práctica él tampoco fue muy escrupuloso a la hora de respetar las elecciones. Los homenajes que ha recibido están llenos de contradicciones. En 2006, en el bicentenario de su nacimiento, las conmemoraciones fueron encabezadas por un declarado antijuarista: Carlos Abascal”.

Concluye Cruz Barney: “Juárez, en general, es una forma de nacionalismo. Acudir al héroe siempre nos brinda una idea de cohesión, por eso su uso ha sido exitoso”.

 

Disponible en: http://www.elfinanciero.com.mx/culturas/juarez-a-modo